Ruta por el Alentejo: un mar de paisajes

Recorrer la región portuguesa del Alentejo es zambullirse en un mar de paisajes. La región central del país vecino es una interminable sucesión de olivos y alcornoques, de paredes blancas y suelos empedrados, de castillos y fuertes, de arrozales, de playas semi desiertas, de mar y de calma. Un recorrido personal de 10 días por esta cautivadora zona de Portugal.

ruta por el alentejo

“O Alentejo é um mar de planicies,…”

No  sé de quien es la frase (no tuve la precaución de preguntarlo), pero estaba impresa en una pared del hotel de Évora en el que nos alojamos y resume bien la atmósfera que envuelve a la región central de Portugal. Un mar de llanuras cubiertas por una interminable sucesión de paisajes que, en plena canícula de agosto y a pesar del calor, desprenden vitalidad, variedad y verdor.

Tras hacer noche en Cáceres, lo que nos permitió disfrutar de su plaza mayor y de su casco histórico con la magia y la tranquilidad nocturna, emprendimos ruta un domingo por la mañana hacia la divisoria con Portugal. Casi sin darnos cuenta cruzamos La Raya y llegamos a Elvas, la primera ciudad portuguesa, que no puede ocultar su pasado fronterizo y luce con orgullo sus tres fortificaciones abaluartardas que han merecido la distinción de Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Paisaje de castillos y fortines en lontananza

En Elvas aparecen ya algunos de los paisajes que nos acompañarán hasta el final del trayecto: el de los castillos en lontananza y los fortines en lo alto de pueblos y ciudades. Y también un paisaje de colores: el blanco cegador de sus edificios encalados y el amarillo mostaza de sus adornos y rebordes contrastan con el azul intenso del cielo, y mucho más verde moteado del que cabría esperar en una región calurosa (las temperaturas diurnas rondaron los 32-35 grados durante todo el viaje).

Como llegamos tempranito, se hizo obligado tomar un café en la plaça da República (un cortado, 0,60 euros, un precio que encantará a los viajeros cafeteros porque además la calidad de la bebida es muy buena en la mayor parte de los bares y cafeterías de la zona). Y, una vez tomado el estimulante matutino, visitamos la iglesia de las Dominicas, abierta ya a esas horas de la mañana, un primer encuentro con la azulejería tan característica que adorna toda clase de edificios portugueses, y fuimos recorriendo sus calles, muchas adornadas con rosas, pasando por la Torre Fernandina, el castillo, los alrededores del Museo Militar (en el exterior hay piezas curiosas de las dos Guerras Mundiales como reflectores antiaéreos o carros de combate), la iglesia de San Francisco, el Convento de Santo Domingo… siguiendo el perímetro de las murallas, hasta llegar de nuevo a la plaça da República, con su imponente iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

Nos dejamos dos espacios que prometían (y a los que esperamos volver): el Museo Municipal de Fotografía Joao Carpintero y el Museo de Arte Comtemporánea, el único en el país dedicado exclusivamente a artistas portugueses, unos grandes desconocidos para mí.

ruta por el alentejo elvas

Desde muchos de los puntos más altos de Elvas pueden verse los dos fuertes independientes: el de Santa Luzia (en el sureste) y el da Graça (en el norte), con su característica forma estrellada, que dan idea de la posición estratégica que ha tenido Elvas a lo largo de la Historia.

Junto a la capilla de la Nuestra Señora de la Concepción y el polvorín del mismo nombre, una inmensa construcción circular con cúpula en “media naranja”, podrás contemplar con perspectiva el acueducto de Amoreira, imponente obra del arquitecto Francisco de Arruda, autor de la Torre de Belém de Lisboa, con 843 arcos en cinco niveles. Aunque es recomendable también verlo desde la base (nosotros pasamos en coche al abandonar la ciudad en dirección a Estremoz) para admirar su envergadura, monumentalidad y buen estado de conservación.

ruta por el alentejo elvas

El plan de la mañana incluía paradas en Vila Viçoca y Estremoz, así que pusimos rumbo a la primera utilizando la autopista A6 que une la frontera con Lisboa. En Vila Viçoca, que podría traducirse como ciudad fértil o ciudad de la abundancia, se respira un pasado esplendor debido a que durante siglos fue el solar de la Casa de Braganza, familia noble que se convirtió en la Casa Reinante de Portugal durante 270 años, entre 1640, tras separarse de Portugal, y 1910, fecha del advenimiento de la república.

Lo más espectacular de Vila Viçosa es el Palacio Ducal (siglo XVI), que domina un urbanismo de corte versallesco, fuera de la traza medieval del resto de la localidad. Transformado actualmente en museo bajo la gestión de la Fundación de la Casa de Bragança, la residencia favorita de estos nobles portugueses evoca la vida palaciega de la cuarta dinastía portuguesa y puede visitarse.

Un dato curioso: Catalina de Bragança, princesa de Portugal y reina consorte de Inglaterra por su matrimonio con el rey Carlos II, fue quien impuso entre los ingleses el hábito de tomar el té, según cuentan en la web de la Pousada do Convento das Chagas de Cristo, casa religiosa construida hace más de 500 años para servir como panteón de las damas de la Casa de Bragança, hoy integrada en la red de pousadas portuguesas como hotel histórico, a modo de nuestros paradores.

Antes de llegar a Estremoz, la carretera nos lleva por entre numerosas canteras de mármol blanco en explotación, y grandes bloques de esta roca yacen desperdigados en desorden por los campos. Aunque también se prodiga en la construcción de edificios y en el adoquinado de las calles.

Idilio con la comida alentejana

En Estremoz comenzó nuestro idilio con la comida alentejana. Probamos suerte en Adega do Isaías, atraídos ¡cómo no! por los comentarios en Tripadvisor. Un establecimiento pequeño, decorado con tinajas (me recordó a El Riojano de mi Santander natal, pero más castizo), con un mayoritario público portugués y una carta típica alentejana. Pedimos gazpacho, no muy distinto del nuestro pero sin batir, y bacalao al horno. El ambiente umbrío era de agradecer después del solazo que pegaba fuera. Bebimos vino de la casa y nuestra primera botella de la Sagres Preta, una cerveza portuguesa tostada.

Dejamos Estremoz para emprender ruta hacia Évora, capital del Alentejo portugués y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, que encierra entre sus murallas vestigios de toda la Historia de Europa. Por allí pasaron romanos, árabes y cristianos. Los rincones inolvidables se agolpan en mis pupilas, porque es difícil distinguir entre tanta belleza. Pero como hay que decidir, mis recomendaciones para disfrutarla son:

ruta por el alentejo evora foro

  • La visión nocturna del templo romano de Diana, que reluce como una sobrecogedora escenografía teatral.
  • Deambular sin rumbo por sus calles –cuidadas y limpias- bien de mañana o de anochecida para contemplar las decenas de edificios singulares del centro histórico de la ciudad, entre casas bajas típicas del Alentejo con fachadas de color blanco y albero.
  • Disfrutar de la calma en la rúa do Cano, que corre paralela al viejo acueducto Agua da Prata, al que se han adosado casas, garajes, bares…
  • Paladear los dulces alentejanos en cualquiera de las muchas pastelerías de Évora, aunque saben aún mejor en las terrazas de la plaza del Primero de Mayo, llenas de turistas y locales que salen al anochecer a disfrutar del fresco y de un café, siempre exquisito en Portugal.
  • Un texto de José Saramago que lo resume todo:

“Porque Évora es sobre todo un estado de ánimo, ese estado de ánimo que, a lo largo de su historia, a menudo defiende su lugar en el pasado sin negar en el presente el espacio propio, como si, con la misma mirada intensa que requieren sus horizontes, a si misma se hubiera contemplado y por tanto comprendido que sólo hay una forma de asegurar la perpetuidad de sobrevivir a la precariedad de la existencia humana y de sus obras: mantener el hilo de la historia y, sujetarla con firmeza hacia el futuro. Évora está viva porque sus raíces están vivas

  • El anti consejo: sé que no se puede dejar de visitar la concurridísima Capela dos Ossos, pero es una pena que la puesta en valor del patrimonio del Monasterio de San Francisco a cargo de los fondos estructurales de la Unión Europea sea tan pobre. La capilla es una salita entre espeluznante y fascinante con las paredes cubiertas por huesos y calaveras de unas 5.000 personas para algunos representa una imagen macabra, para otros artística. Macabra y magnética a partes iguales. El recorrido hasta la terraza superior obliga a atravesar una magnífica colección de belenes expuesta sin gracia ni concierto, aunque merece la pena sufrirla para ver Évora desde las alturas.

ruta por el alentejo evora capela

Évora nos sirvió como campamento base para explorar su zona de influencia más próxima y desde allí nos acercamos a Reguengos de Monsaraz, Monsaraz y al Cromeleque de Almendres.

Teníamos interés en conocer alguna bodega de vino alentejano (hay casi 70 abiertas al público), así que en la oficina de turismo de Reguengos de Monsaraz, que por algo fue Ciudad Europea del Vino 2015, conseguimos (no sin alguna dificultad, ya que la persona que nos atendió ¡desconocía! los horarios de visita de las adegas) concertar una cita en la Herdade de Esporao. Llevábamos en mente un viñedo más pequeño, pero fuimos a parar a la explotación vinícola más grande de Europa por su extensión en la que, además, ese día comenzaba la vendimia. Esporao es una bodega con historia que ha sabido a adaptarse a los tiempos del enoturismo y se ha dotado de varios espacios de estilo minimalista como un restaurante, una tienda y una espectacular terraza desde la que contemplar las infinitas hileras de viñedos. Allí probamos algunos de sus vinos y nos trajimos para casa un tinto Trincadeira, una uva autóctona del Alentejo.

Mosaico agrícola de olivares y viñedos

De allí nos dirigimos a Monsaraz, otra villa medieval fronteriza construida en un alto en torno a un castillo, y con una sorberbia panorámica sobre los valles circundantes, un mosaico agrícola de olivares, encinares adehesados, viñedos y cultivos de cereal, y al cercano embalse del Alqueva, que data de 2002. Aunque llegamos a mediodía y el sol aplacaba nuestros ímpetus viajeros, nos detuvimos en las tiendecitas de sus callejuelas hasta alcanzar el castillo, que esconde un pequeño coso taurino, adosado a la torre del homenaje de su fortaleza. Sonará a guasa, pero unas turistas francesas, aprovechando el escenario, se pusieron a representar una corrida con sus oles y sus lances. La plaza aún se utiliza para festejos taurinos durante las Festas do Senhor dos Passos, que se celebran en septiembre.

Monsaraz está llena de pensiones y hotelitos con patio. Desprende un aire a Santillana del Mar o a cualquiera de esos pueblecitos-museo donde se instalan tradicionalmente artistas y artesanos.

Después de comer nuestro primer bacalhau à brás en una terraza con vistas a la llanura alentejana, regresamos a Évora, donde esa noche nos esperaba otro placer culinario en la Vinoteca Porta de Moura, en el largo del mismo nombre. Bajo la terraza templete manuelino de la Casa Cordovil (siglo XVI) y frente a una fuente monumental renacentista con su inconfundible chafariz, encontramos un minúsculo jardín y nos sentamos al lado de una fuente, donde nos sirvieron tres deliciosos quesos portugueses y un mejor vino del Alentejo. Nos costó elegir porque tienen una variada selección de caldos portugueses. Si viajas fuera de la temporada estival, el interior está decorado con sofás y mesas bajitas que invitan a la conversación en torno a los buenos vinos.

“Stonehenge” alentejano

Al día siguiente abandonamos Évora en dirección a Melides, cerca de la costa alentejana, donde teníamos previsto pasar cuatro noches. Elegimos una ruta que nos llevó por carreteras secundarias, recalando en el Cromeleque de Almendres, Viana do Alentejo, Alvito y Grándola.

ruta por el alentejo menhir

La mañana amaneció nublada y, aunque al principió el cambio de tiempo nos decepcionó, la contemplación del mayor conjunto megalítico de la península ibérica bajo un cielo encapotado que amenazaba tormenta acentuaba su magia y teatralidad. Primero vimos el menhir dos Almendres, al que se accede por un senderito entre alcornoques y olivos que atraviesa una hacienda del mismo nombre. Impresionan sus 3,5 metros y 12 toneladas de peso, pero es mucho más llamativo el conjunto que se halla a poca distancia.

Datados hace 7.000 años, 92 menhires de varios tamaños aparecen colocados en dos hileras concéntricas en forma de herradura, una circular y otra elíptica, en lo alto de una colina orientada al este. La posición de algunas de las piedras coincide con los movimientos de la luna y el sol, lo que da idea de la inteligencia de sus constructores. Nuestros antepasados prehistóricos (lo he comprobado siempre que he visitado sus residencias) sabían elegir como nadie donde instalarse.

Con la imagen mágica de los megalitos aún en la retina, retomamos el camino hacia nuestros siguientes destinos, Viana do Castelo y Alvito, por unas carreteras (comarcales, pero en muy buenas condiciones) que atraviesan otro de los maravillosos paisajes alentejanos: sus bosques y bosques de alcornoques, muchos descorchados. No en vano Portugal es el mayor productor mundial de corcho (un 70% de la producción tiene origen en el país vecino).

ruta por el alentejo grandola

Tras unas paradas cortitas para pasear por Viana do Castelo y Alvito, en las que nos quedamos con ganas de más, llegamos a Grándola. Allí era obligado el posado delante del mural que reproduce la partitura de “Grândola, Vila Morena”, la canción de José Afonso, prohibida por la censura y auténtico símbolo de la Revolución de los Claveles que acabó con la dictadura salazarista. Recomiendo dar la vuelta al mural y leer la declaración de los derechos humanos en portugués que figura en la otra cara.

Antes, apurados porque el tiempo se nos echaba encima y en Portugal se come antes que en España, habíamos recalado en el restaurante A talha de Azeite, el más próximo al lugar donde aparcamos el coche y con certificado de excelencia en Tripadvisor. No nos defraudó y, además, pudimos dejar por un día el bacalao para probar unos huevos de codorniz con lomo embuchado de cerdo de la dehesa alentejana, jabalí estofado con castañas y requesón con dulce de calabaza, los tres típicamente alentejanos.

Verdes paisajes de pinares y arrozales

A pocos kilómetros de la costa, el Alentejo litoral empezó a sorprendernos con nuevos paisajes. Los colores ocres y albero del interior cedieron paso a los verdes de los pinares intactos (¡qué diferencia con otros litorales ibéricos!) y de los campos de arroz del estuario del río Sado. Para contemplarlos en toda su extensión, merece la pena llegarse hasta Alcácer do Sal y subir al castillo, hoy ocupado por otra lujosa pousada.

ruta por el alentejo alcacer do sal

Instalados en un hotelito junto a la playa de Melides gestionado por un surfer, abordamos la costa alentejana en dos etapas. La primera nos llevó hacia el norte, con paradas en Comporta, TroiaCarrasqueira. En la segunda nos encaminamos hacia el Sur, deteniéndonos en Sines, Porto Covo y Santiago do Cacem.

Comporta, muy promocionada en blogs y revistas digitales (llegan a denominar a la zona los Hamptons de Portugal), fue una decepción. Salvo por la playa, un gran arenal bien acondicionado, y las tiendecitas chic de decoración –en las que incomprensiblemente se ven muy pocos productos made in Portugal-, el pueblo tiene muy poco encanto y estaba abarrotado.

También Troia, una gran urbanización turísticas con todos los ingredientes (campos de golf, puerto deportivo, supermercados, paseo marítimo, tiendas de souvenirs…), nos desencantó. Pese a su artificialidad, es de agradecer que su urbanismo esté más cuidado que en el litoral español: se ve más madera, más zonas ajardinadas y edificios de menos alturas, a excepción de dos moles de apartamentos).

No obstante, en Troia puedes embarcarte en los ferries que conectan la península con Setúbal, en la otra orilla del Sado (si no entendimos mal las indicaciones en la zona de embarque, es gratuito) y que usan los locales para ir a la gigantesca playa de más de 60 kilómetros de extensión.

El mal sabor de boca que nos dejaron Comporta y Troia nos lo quitó uno de los lugares más especiales de esta costa alentejana: el puerto palafítico de Carrasqueira, enclavado entre marismas, arrozales y salinas. Aunque parecía abandonado, encontramos a unos pescadores recogiendo sus redes encaramados en las endebles estructuras de madera mientras caía la tarde.

ruta por el alentejo carrasqueira

Es justo reconocer ya nos habíamos reconciliado gracias al restaurante A Escola, una antigua escuela de primaria transformada en restaurante. Situada en la carretera que une Comporta y Alcácer do Sal, aún conserva mobiliario y enseres de su antiguo uso. Tras los aperitivos (recordad que los cobran, como es tradición en Portugal), nos atrevimos con dos platos que nos hicieron olvidar todo lo demás: arroz con sepia y gambas, y pulpo guisado con batatas.

A la mañana siguiente nos esperaba el sur. La costa en el Alentejo huele a pino, como el Mediterráneo, y ofrece una buena ruta para recorrer en coche, deteniéndose en algunas playas portuguesas, mucho menos frecuentadas que las españolas, nada invadidas por construcciones antiestéticas y con grandes extensiones de arena fina. Eso sí, no aptas para nadadores inexpertos.

Apenas a a unos kilómetros de Melides nos detuvimos en la praia da Costa de Santo André, que a esa hora (eran las 10 de la mañana) empezaba a recibir a sus primeros bañistas. Pero el verdadero motivo de la parada eran las lagunas de Santo André y de la Sancha (que forman una reserva natural): dos extensiones de agua separadas por el océano por una larga duna durante cientos de metros que dan cobijo a numerosas aves. Nos hubiéramos quedado pero se imponía proseguir ruta.

ruta por el alentejo laguna

La presencia de una refinería afea el perfil de Sines, un pueblo donde muere el arenal de casi 60 kilómetros que se prolonga desde Troia, y empieza otro tramo de costa, más escarpada y ventosa. Un breve paseo por sus calles nos descubre el Centro de Artes de Sines, inaugurado en 2005 y obra del arquitecto Aires Mateus, pero al encontrarlo cerrado, no nos quedó más remedio que tomar un rico café con su correspondiente pastel. Esta vez fue un vasquinho, en honor a Vasco de Gama, nacido en Sines y omnipresente en la ciudad, pese a que su casa natal es propiedad privada y no puede visitarse.

Repuestas las fuerzas, nos dirigimos a Porto Covo, el punto más septentrional que alcanzamos, un antiguo pueblo de pescadores hoy lleno de portugueses de vacaciones, en el que sorprende un trazado urbano cuadriculado ochocentista –casi intacto- en torno al largo del Marqués del Pombal, considerado una de las joyas de la arquitectura popular portuguesa e inspirada en la Baixa lisboeta.

Seguimos viaje hacia el interior, atravesando el parque natural del Sudoeste Alentejano y Costa Vicentina, hasta Santiago de Cacem, que recorrimos bajo un sol abrasador. Algo cansados y acalorados, decidimos regresar a nuestra morada para pasar el resto del día refrescándonos en la piscina.

Despedida sin parangón

A la mañana siguiente, un tranquilo domingo, madrugamos para dirigirnos a la otra punta del Alentejo, la sierra de Mamede, donde pasaríamos nuestra última noche antes de regresar a casa. Una despedida inolvidable porque tras un par de horas de cómoda autopista, y estirar las piernas un ratito por las calles semivacías de Arraiolos mientras sus habitantes asistían a la misa dominical, estábamos en Marvao.

ruta por el alentejo marvao

Enclavado en el parque natural da Serra de São Mamede, es otro paisaje del Alentejo más inesperado. Esta villa medieval, situada sobre un risco a 862 metros de altitud, esconde callejuelas adoquinadas cargadas de historia y una gran fortificación que brinda una de las vistas más espectaculares de todo el Alentejo y de la frontera con España (que recibe el nombre de La Raya), a menos de 20 kilómetros por carretera. Si uno se encarama en sus murallas, cobran todo su sentido las palabras de José Saramago en su “Viaje a Portugal”: “desde Marvão puede verse el mundo”.

Castelo de Vide, donde haríamos noche, queda muy cerca, es menos turístico y no entiendo por qué, ya que su belleza y vitalidad no tienen nada que envidiar a Marvao. Ya de noche, y con el encanto de las luces nocturnas, recorrimos la judería de puertas góticas y manuelinas, los alrededores de la sinagoga, la plaza Mayor barroca y la delicada fuente-lavadero. Castelo de Vide es una localidad muy animada, con sus terrazas llenas de familias y grupos de amigos cenando, con aspecto de pasar sus vacaciones por la zona.

Ahora, escribiendo este post, caigo en la cuenta de lo mucho que hemos disfrutado en el Alentejo, y lo mucho que nos quedó por visitar. Volveremos, no tengo duda.

Alentejo, muito obrigado.

ruta por el alentejo castelo da vide

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInEmail this to someone
mm

Violeta González Bermúdez

Periodista especializa en innovación y tendencias, con más de 20 años de experiencia en comunicación. Fundadora de Ultravioleta, una social media boutique. ¿Quieres trabajar conmigo? Mira las soluciones que ofrezco.

Más posts - ultravioletadigital.es

TwitterFacebookLinkedInInstagramGoogle Plus

Comenta:

No publicaremos tu email. Campos obligatorios *